Historias de Urubici

Desperté temprano como de costumbre. Tarde para la apresurada hora en la que la lluvia, el frío y la oscuridad me obligaron a acostarme el día anterior. Pronto para el perezoso despertar de aquel tranquilo pueblo de la sierra gaucha.
Acampado tras la iglesia del pueblo poco lugar había para la intimidad. Aún desayunaba dentro de la tienda cuando un coche paró al costado. Al parecer mi casco llevaba unas doce horas tirado en la calle a unos cinco metros de la tienda de campaña, y la misma persona lo había visto de madrugada, pero no quiso avisarme pensando que me asustaría.
Agradecido, me quedé pensando si había sido suerte que ninguno de los millones de ladrones que supuestamente había por todas partes me hubiera despojado de tan importante accesorio, o si simplemente la realidad distaba mucho de tan desalentadora conciencia colectiva y los ladrones escaseaban por allí. Quizá un casco mil y una veces enmendado simplemente no suscitaba interés en nadie.
El día amaneció gris, como casi todos los días desde hacía dos meses. Me costaba creer que estaba en Brasil con el frío que hacía. Sólo hablar con la gente me convencía de que así era. Mantener el ánimo durante tanto tiempo bajo el agua empezaba a costarme demasiado, pero desde luego quedarme allí no era mi opción favorita.
Salí del pueblo tras dejar en información turística las llaves que sin querer me había llevado del hotel en el que había descansado el día anterior, con la esperanza de que más pronto que tarde fueran devueltas. El clima restaba mucho a la belleza de aquel paisaje lleno de araucarias. Y la cosa se ponía cada vez peor. De pronto empezó a llover.
Más malhumorado si cabe que mojado y helado me paré a comer cacahuetes que además no me gustan. Las vertiginosas subidas me obligaban a empujar la bici en muchas ocasiones, y al estar mojado se me habían hecho rozaduras entre las piernas. No era algo nuevo, ya me había pasado alguna otra vez y no me había importado nada; otras veces incluso ni me había dado cuenta de todas esas cosas por lo feliz que me hacía lo que estaba haciendo; pero empezaba a darme cuenta de que al contrario que entonces, ya no era imparable.
Paré en un pueblo a pedir agua justo en el mejor lugar, un bar lleno de borrachos donde no parecía faltar nadie. Quizá era domingo y se habían reunido allí después de la misa. La verdad es que no sabía ni en qué día vivía, lo único que sabía es que siempre estaba lloviendo.
Sin mayor percance salí de allí saciada la sed, aunque tanta adversidad invitara a la borrachera, y a las pocas horas mi suerte cambió de golpe. Tras una larga bajada asfaltada al fin llegaba a Urubici, donde los bomberos no pudieron darme un recibimiento mejor.
El jefe de bomberos no dudó ni un segundo. Según llegué me mostró donde dejar las cosas y me enseñó un espacio donde podría dormir, un pequeño gimnasio donde guardaban dos colchones.
Tras una reconfortante ducha pasé a la cocina a conversar un poco. Allí se estaba de cine. Una estufa de leña devolvió mi cuerpo a la vida, y la copiosa cena que llegó después no pudo ser un regalo mejor.
El jefe de bomberos estaba entusiasmado con mis aventuras. En la oficina pudimos entrar en el blog y ver un millón de fotos que tenía subidas. Al parecer no todos los viajeros que llegaban allí tenían tantas ganas de conversar y hacer amistad como yo. Toda la mala energía del día de pronto quedó en el olvido.
Al día siguiente quise conocer Morro da Igreja. Una vertical subida digna del más experimentado escalador se abrazaba a la montaña como fuera posible hasta llegar a la cima, el mirador desde el cual se podía divisar una especie de ventana, un agujero en una pared de piedra al otro lado del valle. El titánico esfuerzo de subir hasta allí se veía recompensado por la belleza del paisaje, adornado justo ese día por el fantasmagórico y a la vez misterioso halo de una bruma que iba y venía de manera impredecible. La satisfacción de cumplir el reto de llegar hasta allí por tus propios medios, unida a la belleza, el misterio, y la alegría y tranquilidad de saber que esa noche compartirás también una rica cena caliente con gente de buen corazón; todo ello invitaba a la reflexión, la alegría y la paz.
Recuerdo bajar de allí llorando de emoción, convencido de que sólo el amor puede salvar este mundo, que lo único que podía y debía hacer si quería cambiar algo a mejor era amar lo más que pudiera. Así como lo estoy contando fue. Volví al cuartel de bomberos lleno de satisfacción y alegría. Otra vez me invitaron a cenar un montón de comida, toda la que pude tragar; hasta que exhausto y en paz me eché sobre la cama a dormir.
Al día siguiente quise salir temprano, pero fue imposible; siempre cuesta dejar esos lugares donde uno se carga de buenas energías. Todas mis cosas estaban listas, y sin embargo ahí estaba yo, subiendo al camión de bomberos; el jefe de la estación quiso darme un paseo hasta el mirador que el mal tiempo no me había dejado disfrutar el día que llegué.
Al final no fui capaz de irme hasta después de comer. Como otros bomberos ya me había regalado camisetas, esta vez me regalaron una navaja. Después llegaron las sonrisas, los abrazos, los buenos deseos; y finalmente esas primeras pedaladas luchando contra el apego, empujándome una vez más hacia lo desconocido.

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Chile

Para todos esos weones con los que compartí tantos buenos ratos, espero que os guste caleta:

Chille. El confín del mundo para los incas. El último lugar del mundo al que los humanos pudieron llegar. Aislada por el desierto más árido del mundo al norte, la cordillera más joven y extensa del mundo al este, una inmensidad de eternos e inaccesibles hielos al sur, y el mayor océano del planeta al oeste, podría considerarse una inaccesible isla dentro del continente mismo. Llegar debió de ser sin duda una tarea titánica para los primeros hombres, con creces recompensada por la más sobrecogedora belleza.

La historia de Chile está escrita con tinta de lava sobre las piedras. La baila la tierra en incontables terremotos al son del tambor de los volcanes. Es un pulso entre los andes, que invaden las heladas aguas en infinitas islas, y el mar embistiendo en gigantescas olas contra la costa. Chile es el fluir palpitante de la vida, efímera belleza en eterna transformación, adaptación o muerte, un constante derroche de creatividad de la naturaleza.

Y en mitad de toda esa locura nació un pueblo enamorado de la tierra, tatuado su corazón de hermosura, maravillado y sobrecogido por el cincel de la creación, en constante éxtasis de contemplación, agradecimiento, respeto y veneración de algo más grande que ellos mismos. No pudo ser de otro modo. Para ellos la tierra no podía ser del hombre, pues era el hombre quien era de la tierra. Y así se hicieron llamar mapuches, “Hombres de la tierra”.

Los mapuches resistieron a los incas y también a los españoles, pues era demasiada la libertad que corría por sus venas como para someterse a nadie. Sin embargo, cuando los abanderados de la libertad y la independencia, todos esos que decían querer dejar de ser siervos de la corona, colonias en beneficio de unos pocos, a todos esos les faltó tiempo para someter esas tierras al beneficio de otros pocos. Es irónico y trágico descubrir como un puñado de blanquitos que dirigían la lucha en supuesta defensa de la libertad e identidad de lo nativo, que los habían mandado convencidos en primera línea de guerra contra los españoles, terminada esa guerra les faltó tiempo para abalanzarse sobre los mismos nativos, robarles sus tierras y ponerlos a trabajar para ellos en una guerra que llamaron chistosamente “La pacificación”.

El chileno es un pueblo aplastado una y mil veces por el mismo Chile. El chileno es un pueblo que tuvo el coraje suficiente como para desafiar el orden establecido. El chileno es un pueblo que decidió ayudarse y compartir, que todos debían tener los mismos derechos y oportunidades. Pero la CIA, a través de uno de sus brazos ejecutores, en este caso Chile, castigó esta mala idea dando un ejemplar y severo correctivo al pueblo chileno. Al pueblo chileno se le enseñó lo que estaba bien y no, lo que tenía que desear y no, lo que debía hacer y no, lo que era suyo y no, lo que debía pensar y no; y el que no aprendió desapareció de la tierra. Se reivindicaba la libertad, pero no la del pueblo si no la del capital, la libertad para que las multinacionales hicieran en Chile lo que les viniera en gana. Y así, Chile fue el país abanderado del neoliberalismo donde los Chicago boys realizaron sus primeros experimentos.

Como chileno debe ser una vergüenza y una melancolía muy grande saber que tu propio país subyugó a los verdaderos nativos a los que hoy en día tacha de terroristas por seguir reivindicando sus tierras, que tu país mató miles de bolivianos y peruanos para beneficio de empresas inglesas, que en tu país hay de todo pero sólo para unos pocos. El mejor país de Sudamérica, pero ¿Para quién? Si es así no te aflijas, porque Chile no es el pueblo chileno, el pueblo chileno es mucho más grande que todo eso.

El pueblo chileno es un pueblo que se crece ante las desgracias. Acostumbrados a terremotos, erupciones e incendios, no encontraras un pueblo en el mundo que se vuelque más en ayuda de los damnificados. El chileno es un pueblo que vive tranquilo ante la posibilidad de que la naturaleza le arrebate todo en cualquier momento porque sabe que volverá a levantarse, una y otra vez, porque nunca faltará la solidaridad de su gente y siempre está dispuesto a derramar sudor de su frente. Todo inconveniente es poco para un chileno comparado con la fortuna de vivir en el rincón más remoto y sobrecogedoramente bello de la tierra. Es el chileno un pueblo enamorado de la naturaleza y de su cordillera, que siente las catástrofes naturales en su mismo pecho. Y lo verás pasear bajo la lluvia como si en realidad hiciera un sol radiante, bañarse en heladas aguas como si estuviera en el caribe, escalar inaccesibles montañas como si fuera un paseo, hacer un fuego bajo la lluvia con madera mojada antes de lo que tú enciendes una cocina de gas.

Chile es una cabaña en mitad de inaccesibles montañas cortadas por el hielo, donde un corazón de fuego late día y noche contra el frío. Chile es un campesino entusiasta que te invita a pasar en mitad de una interminable lluvia a tomar tesito y comer sopaipilla. Chile es una voz aguda hablando un español tan inentendible como chistoso. Chile es un entregarse a la naturaleza más salvaje, admirarla cada día, observarla a través de una pequeña ventana. Chile es aceptar que formamos parte de algo mucho más grande, honrar una naturaleza que puede quitarte la vida en cualquier momento, ser consciente de tu absoluta pequeñez e insignificancia, agradecer cada segundo de vida contemplando esas tierras.

Chile huele a café y a madera, se siente empapado bajo la lluvia, cuando el frío te congela la cara, cuando la tierra tiembla bajo tus pies, en asamblea con expresos políticos alrededor de una hoguera. Chile es para mí una mezcla de melancolía y amor, un entusiasmo y energía inagotables recorriendo tus venas, quedarte paralizado por la belleza del paisaje tras cada curva. Los mejores momentos de mi vida los he pasado allí. Chile me provocó un despertar, me enseñó a sentir la vida, un tremendo agradecimiento, una fusión con la naturaleza que nunca antes había experimentado. Chile me hizo poeta, me arranco más lágrimas de admiración y alegría de las que pude contar y lo sigue haciendo cada vez que lo recuerdo, me dio esperanza de que el mundo pueda ser mejor. Y por todo ello siempre guardará un lugar tan profundo y especial en mi corazón.

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El hijo pródigo

El poder del presente es abrumador. Tras casi tres años de viajes e incertidumbre, hoy paseo por las calles de mi olvidada Errenteria como si nunca me hubiera ido. Un día estás acampado en la nada misma del altiplano, sin más ambición que disfrutar de cada merecida bocanada de aire; y al día siguiente descansas completamente desconcertado en casa de tu hermana, preocupado por conseguir un trabajo, una casa, una furgoneta y una familia.

Los recuerdos parecen desvanecerse como las sombras de la mañana, se evaporan como el rocío sin dejar ni rastro; dejan tan escasas pistas que uno tiene la sensación de que nada hubiera ocurrido, como si se hubiera despertado de un irreal y fantasioso sueño que sólo en la imaginación pudiera existir.

Ahora voy a comer donde mis padres, veo videos japoneses con mi hermana pequeña, me voy a tomar cervezas con los amigos, como si nunca hubiera dejado de hacerlo, como si estos tres años se hubieran comprimido en un imperceptible diferencial. Y entonces me siento a solas en el sofá, intentando recordar cada pequeña anécdota, sintiendo con dolor su desvanecimiento bajo los desesperados gritos de la añoranza, preguntándome de qué ha servido toda esta historia, tratando de buscar la conclusión de tan trascendente aventura. Pero sólo queda el silencio. La nada de un pasado ya pasado, en mitad de los anhelos de un presente que desea materializarse, concretarse de una vez en algo.

El presente desea ser merecedor heredero de la aventura, la encarnación de una poderosa transformación, el recipiente que contenga el más selecto elixir, pura y máxima sabiduría extraída de tantas vivencias y reflexiones. Pero sin embargo, parece quedarse en un “Estoy cansado, me voy a casa” de la película Forrest Gump, que demuestra el abrumador poder del presente y lo efímero de las cosas que la añoranza se empeña en conservar, siempre en estéril batalla. Sin embargo como diría el Che Guevara, “Ese vagar sin rumbo por nuestra  mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí. Yo ya no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior”.

Cómo explicar que la vida es hermosa, que su razón de ser, su esencia, la justificación de sí misma no es otra que la belleza. He llorado tanto contemplando la vida. Me desborda la emoción al recordar los árboles creciendo en paredes de roca, esos ríos turquesa y lagos azul cielo. Solo en mitad de la naturaleza más brutal, rodeado de hielo y frío, no me he podido sentir más acompañado y completo. Cómo explicar que el que no es feliz con poco, no es feliz con nada; que la vida misma es suficiente para ser tan asombrosamente feliz que la fugacidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte se olvidan y vencen, porque nadie podrá jamás borrar esa huella en el tiempo. Cómo explicar que si no hay amor que no haya nada entonces, como dice el Indio Solari.

Perú me ha ayudado a ver que era momento de volver a casa, que quería estar con mi familia y asentarme cerca de ella. Perú me ha enseñado que, del mismo modo que dejé todo atrás para viajar, ahora tenía que dejar todo atrás para volver. Perú me ha enseñado que ahora mismo eso es lo que más deseo. Como diría Morfeo en Matrix, el destino al parecer no está carente de cierta ironía; y ahora deseo tanto volver como deseé marcharme no hace tanto atrás.

¿Qué ha cambiado entonces? Yo. Antes todo era imposible, pero ahora soy capaz de cualquier cosa. Antes no me apetecía hacer nada, pero ahora no me dan las horas del día para todo lo que quiero hacer. Antes no me gustaba conocer gente nueva o salir de lo conocido, y ahora no veo el momento de salir del círculo de confort. Antes me pasaba la vida fingiendo para esconder los sentimientos que ahora fluyen sin vergüenza alguna. Antes vivía en guerra odiándome y ahora me quiero en paz. Ahora sé quién soy, al menos de vez en cuando. Y por eso, aunque nada haya cambiado, todo ha cambiado en realidad.

Me ha dolido saber de algunas personas que piensan que soy un vago, que me he pasado casi tres años de fiesta, que he dejado un reguero de hijos por el camino, y que al final he vuelto con el rabo entre las piernas o cosas así; no han entendido absolutamente nada de lo que he estado haciendo este tiempo. A todas estas personas les deseo suerte. Me gustaría que creciera su espiritualidad, comprensión y respeto, que ganasen en paz y felicidad; a esas personas que dicen que para ver un árbol o un río no hace falta irse tan lejos les pediría que abrieran sus ojos, que no los cegara la soberbia y se dieran cuenta de que yo eso ya lo sé, que se desvaneciera su superficialidad para ver la verdadera profundidad de todas estas experiencias, su significado y lo importante que es nutrir el alma de uno mismo. Eso es lo que les deseo de corazón, que sientan lo que yo he sentido, que realmente lleguen a comprender por qué he hecho lo que he hecho. Ojalá pudiera expresarlo con palabras, poder transmitir todo ello a través de un libro, y lo voy a intentar, pero hay ciertas cosas que sólo uno mismo puede llegar a aprender.

No he encontrado la respuesta a la vida, ni a los problemas del mundo, ni la sabiduría; pero en gran medida sí me he encontrado a mí mismo, y por suerte el camino a casa. Ahora empieza un mundo nuevo, que construiré desde este yo mismo que se ha apoderado de mí, a mi modo y no como otros quieran; y estoy seguro de que será maravilloso, tanto como lo ha sido esta etapa de viajero pero no mejor, porque como diría Wyoming, es imposible.

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Llegada a Tres Arroyos (Hiru Erreka)

Hoy he comenzado a escribir un segundo libro, que creo va a ser el más divertido y alegre de todo lo que tengo en mente contar de este viaje. Por eso quisiera compartir lo que de momento en el borrador es el principio del mismo. Espero que os guste:

Me detuve a observar aquel hombre que me miraba directamente a los ojos. ¿Quién era? Era el rostro del desacuerdo. Una desafiante llamada de atención. Un inofensivo  idealista enamorado  buscando pelea en absurda contradicción optimista.

Su largo y despeinado cabello, que lo mismo caía sobre sus ojos que se alzaba hacia el cielo sobre sólidos cimientos de mugre. Su ridícula e incomprensible barba, cuatro pelos crecidos dónde y cuánto cada uno había deseado, sin ningún tipo de orden ni concierto; que sólo la fuerza del tiempo había tenido la paciencia de unir en una desordenada barba. Su piel esculpida por el frío y el sol, que pretendía acelerar el paso de los años. Su delgado pero fuerte cuerpo, incansablemente forjado por el esfuerzo y una alimentación que a veces era, y otras simplemente no.

Era la viva imagen de la anarquía y el caos. Para muchos la más absoluta dejadez, abandono y tristeza. Para él la más absoluta libertad, posiblemente el momento más feliz de su vida. Un completo regocijo de placer y paz, de autenticidad y pura esencia, de superación y alegría. Una victoria sin precedentes. Toda la Patagonia como compañera, tatuada para siempre en su memoria y en su mismo ser; toda ella formando ahora parte de él mismo, lo acompañaría siempre incluso más allá de la muerte.

Dejé de mirar aquel espejo. Una báscula llamó mi atención. Había perdido casi diez kilos de peso. Me sentía fuerte, me sentía en paz, feliz y satisfecho. Me sentía en lo más alto en todos los sentidos, por mucho que mi aspecto pudiera confundir a la mayoría.

Aquella fue una de las duchas más reconfortantes de toda mi vida. El agua, caliente, caía sobre mi cabello llevándose la suciedad, al mismo tiempo que relajaba mi maltratado cuerpo, que no daba crédito a tanta bendición y cuidado. Una semana llevaba sin ducharme.  Y mientras yo saboreaba aquel hermoso momento, observando en paz y tranquilidad cómo el agua terminaba su camino de color negro, Belén llamaba preocupada a sus padres: Ya ha llegado Aingeru y no os vamos a engañar, no lo hemos visto bien.

¿Quieres cenar? ¿Quieres dormir? ¿Quieres ducharte? Quería todo sí, y todo a la vez, pero no se podía, había que seguir un orden. Así que primero me duché, después cené, cené de nuevo y volví a cenar. Estaba exquisito. Y finalmente, a aquella ducha, la más rica de toda mi vida, le siguió también el descanso más absoluto, despreocupado y reconfortante que jamás hubiera experimentado. Ya habría tiempo de contar tantas y tantas aventuras. Ya llegarían las explicaciones. Tenía tantas ganas de contar mi experiencia, de compartir todo lo vivido y aprendido. Tenía tantas ganas de ser comprendido y que los demás sintieran lo que yo sentía. Me habían pasado tantas cosas que no sabía por dónde empezar.

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Aventuras en el dentista

Las enfermeras comenzaron a tomarme la presión y el ritmo cardiaco, al tiempo que anotaban otros datos en mi historial. Eran tres, y su seriedad  y dedicación terminaron por preocuparme tanto que por un momento pensé que estaba muy grave.

-¿Seguro que es necesario todo esto? –Pregunté sorprendido.
-Por supuesto- Me contestaron.
-Miren que yo nada más he venido al dentista para ver si tengo caries…

Sin más palabras, terminaron sus anotaciones y me pidieron que volviera a sentarme en el pasillo a esperar que la dentista me llamara. Yo no entendía nada de lo que había pasado. Me habían medido la altura, el peso e incluso la cintura. Me entró la risa.

Una hora más tarde, al fin la dentista me hizo pasar. Lo primero que me llamó la atención fue la televisión, que emitía, como no podía ser de otro modo, una telenovela. Imaginar que la dentista podría estar serrando mis dientes mientras veía la televisión me causó un poco de pánico, pero qué podía hacer. Como siempre me confié a mi buena suerte, y empecé a observar todo lo que acontecía para reírme después. No quería perderme ni un detalle de cómo es ir al dentista en Perú, y tenía la esperanza de salir mejor parado que Luis Jose Alberto María, al que en ese momento su esposa había encontrado siéndole infiel en su propia cama.

La silla sobre la que me atendió era nueva, o eso dijo ella, y por lo visto aún no estaba correctamente instalada. Por eso, en lugar de darle a un botón y llenarse automáticamente un vaso de agua para que te enjuagues, la doctora se acerca a un fregadero y te trae el agua personalmente. Además, no es la silla la que se mueve para que la doctora trabaje cómodamente, sino que es la doctora la que se mueve para ajustarse a la silla. Uno debe además trabajar en su propia operación, sujetando los aparatos y dándoselos a la doctora cuando los necesite. Aquello sí que fue una aventura y no acampar a 5000 metros de altura.

La dentista comenzó palpando mi boca y la mandíbula por afuera, explicándome con detalle por qué hacía todos esos movimientos y qué estaba chequeando. Así, pronto se dio cuenta de que mi mandíbula no encaja correctamente. Me sorprendió también la manera en la que me lo dijo. Podía haberme dicho simplemente que tratara siempre de no abrir demasiado la boca porque se me podría desencajar un poco, pero en lugar de eso se inventó toda una historia: A veces abrimos mucho la boca, porque nos enfadamos, o a lo mejor porque nos sorprendemos mucho por algo, o cuando te pones a gritar o te emocionas. Bueno tú no debes hacer eso con esta mandíbula.

La doctora vio que debía tratarme dos caries, además de reparar un empaste que se me había caído comiendo pollo en Bolivia; pero lo primero de todo era hacerme una limpieza de boca. Como era tarde, únicamente me hizo la limpieza de boca, y aunque me cobró hasta los guantes desechables que usó, todo me costó 6 euros en lugar de 50 o 100 como cuesta en mi pueblo; eso compensaba la telenovela, la silla y todo lo demás!

Río también al recordar la capacidad que hay aquí para el cotilleo. ¿Y quién es esa chica que te acompaña? ¿Dónde la has conocido? ¿Dónde estás viviendo? ¿Qué estás haciendo aquí? Etc, etc… Por suerte le caí bien a la doctora!

Dos días más tarde volví de nuevo para terminar con las caries. Mientras la dentista era atendida por otra doctora, una vez más me pesaron y midieron, e incluso me examinaron la vista; datos muy necesarios para curar unas caries. Además, en recepción no encontraban mi historial, por lo que fue la misma dentista la que tuvo que entrar y buscarlo por su cuenta, mientras renegaba porque las de recepción son perezosas con su trabajo. Me sentía el protagonista de una película surrealista.

Pasé toda la mañana allí. Parecía el asistente de la dentista. Como era larga la tarea que tenía conmigo, para no hacer esperar tanto a otros pacientes que llegaron, trabajaba un rato en mi boca, me dejaba con todo a medio hacer esperando dentro de la consulta, atendía a otras personas mientras yo observaba toda la escena y después seguía conmigo.

Así vi cómo atendía a un hombre, que en realidad debía haber venido otro día porque era otra la dentista que le atendía, y esa otra dentista a juicio de la mía le había hecho mal no sé qué cosas, etc. Era gracioso ver como la dentista renegaba con todos. Que si usted está mintiendo porque sabe bien que tenía que haber venido otro día, que si la dentista que le atendió le hizo una chapuza, que si los guantes cuestan un sol, que si los guantes cuestan dos soles, que si me duele la espalda y ya no estoy para esto. Después terminaba atendiendo a todos bien, pero verla renegar era gracioso.

Después del señor aquel, entró también una madre con su hija, que tenía una caries. Cómo lloraba la pobre porque le daba miedo que alguien se metiera en su boca. Y a cada rato, alguien entraba en la consulta interrumpiendo cualquier cosa. De pronto entró una enfermera para decirnos que iban a tocar guitarra por el día de la madre. Uy! Salgamos a verlo! Rellenar la muela de este paciente puede esperar! Jajaja! En realidad la doctora terminó con el paciente, y después cuando salimos todos hizo que los músicos volvieran a tocar porque ella no había podido escucharles. Todos estaban emocionados. Y es que aquí el día de la madre es muy muy importante.

Después de despachar a la madre que vino con un niño que aún ni dientes tenía, la doctora siguió atendiéndome y limó los empastes que me había hecho hasta que quedaran bien. Yo le iba diciendo si lo sentía bien o mal; y cuando al fin me sentí satisfecho y le dije que estaba bien, ella me contestó alegrándose de que por fin la iba a dejar de joder, jajaja.

Los tres empastes que me hizo me costaron 20 euros, y no 150 como en Errenteria. Salí contento y satisfecho, y cuando subiendo por mi calle observé cómo 7 jóvenes entraban a un pequeño taxi que estaba parando todo el tráfico de la calle para que ellos pudieran entrar no pude evitar pensar; esto es Sudamérica!

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Encuentros del altiplano

En Enquelga volví a encontrarme con Marco y Carine, una pareja mochilera que había conocido en Llica. Fue una completa sorpresa. Yo estaba en el refugio del guardaparque, a punto de irme a acostar, cuando de pronto el guardaparque entró por la puerta y tras él unos amigos que no esperaba.

Nos quedamos charlando hasta tarde, de todo lo que había pasado desde que nos vimos en Llica hasta aquel momento. Fue una sorpresa agradable y una conversación entretenida. Es increíble lo pequeño que es el mundo.

Al día siguiente tuve que abortar mis planes de subir al volcán Isluga por el mal clima. Tan malo fue el clima ese día que tuvimos que quedarnos en el refugio jugando al dominó y conversando. Pero por suerte al día siguiente pudimos seguir adelante.

Los guardaparques nos llevaron más al norte, hasta unas termas de agua caliente  y agradable. Aquel era un lugar alucinante. Estar allí, calentito en el agua entre montañas nevadas, en la esquina de un enorme y bello salar, rodeado de vicuñas y flamencos no tiene precio. Allí nos quedamos hasta la hora de comer, y después una vez más el destino nos separó.

Aquella tarde el clima volvió a empeorar. Me cayó lluvia, después granizo; hasta que helado de frío llegué a una estación de carabineros. La policía fue muy amable conmigo. Pusimos mi ropa a secar al fuego, me dieron un rico café caliente con pan, mortadela y mantequilla, me senté en un sofá a conversar y ver la televisión. Mientras tanto la calle era un congelador.

Pude descansar allí, en un container que había afuera del edificio; y a la mañana siguiente seguí hasta Guayatire, donde como ya conté la otra vez asalté la casa del guardaparque. Volví a salvarme de nuevo.

Al día siguiente llegué hasta el lago Chungará, ya al atardecer; y acampé junto a una pareja de Brasil que viajaba en auto. Conversamos al calo r de una hoguera, y cuando al día siguiente tuve la energía suficiente como para salir de mi tienda de campaña en mitad de tanto frío ya se habían marchado, pero me habían dejado una bolsa llena de hojas de coca como recuerdo.

Comenzó entonces la gran bajada, desde los 4500 metros de altura hasta el nivel del mar. El primer día llegué hasta Putre, sacando miles de fotografías, lugar donde paré  a descansar por tres noches; y después bajé hasta Arica disfrutando como loco.

Arica no me gustó demasiado. Se ve que no estoy hecho para la ciudad, así que sólo me quedé dos noches, para regresar al lago Chungará a dedo. Un simpático caminonero boliviano me echó una mano hasta allá, acampé nuevamente en semejantes alturas y al día siguiente pasé a Bolivia de nuevo.

Ya en la aduana Boliviana, tras haber recorrido unos diez kilómetros de bajada, me di cuenta de que no tenía el sello de salida de Chile en mi pasaporte. Como había entrado a Chile por un pueblo pequeño, me habían estampado el sello en un papel aparte que por lo visto se habían quedado en la aduana chilena y yo ya no tenía. Sin embargo, había tanta gente y eran tales las prisas y el aburrimiento de los trabajadores que no se fijaron demasiado y me estamparon el sello de salida sin ningún problema.

Así llegué al parque natural Sajama, donde pasé una semana entera subiendo montañas, disfrutanto de las aguas termales, descubriendo lagunas de altura y haciendo amigos. Inolvidables las risas y las partidas de dados que jugamos en el refugio de Tomarapi.

Y ahora hace una semana que estoy en Oruro, donde poco a poco va arrancando el carnaval. Ayer fue el último ensayo y quedé sorprendidísimo con la cantidad de gente que pasó. Vienen de todas partes de Bolivia. Aunque sin los disfraces, fue una experiencia espectacular; así que cuando el próximo sábado todo se cubra de colorido y originalidad me imagino que será inolvidable.

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Allanamiento de morada

La tormenta se iba acercando a ojos vista. Ya en Guayatire, era obvio que no podía avanzar más y que debía buscar refugio. El pueblo parecía totalmente abandonado, pero existía una casa de guardaparques.

Sin embargo, por más que golpeé la puerta nadie abrió, y la policía no se mostró muy dispuesta a echarme una mano. Estaba a punto de acampar en el patio de la iglesia cuando de pronto se me ocurrió investigar más la casa de los guardaparques. ¿Quién sabe? A lo mejor se habían dejado abierta la puerta trasera.

No puedo expresar la sorpresa y alegría que sentí al ver que así fue. La puerta que daba a la cocina se abrió sin ningún problema, así que era posible entrar. Lo cierto es que a pesar de todo debía como mínimo habérmelo pensado antes, pero la tentación y la tormenta eran demasiado grandes como para eso, y además se supone que era un refugio así que entré sin ningún miramiento.

Entonces me puse a investigar, hasta que conseguí dar la luz y encender el gas para poder darme una ducha caliente. Dejé mis cosas en la habitación que parecía destinada a los turistas, me duché, cociné, lavé la bicicleta, las botas, etc, con tanto placer y gusto como si estuviera en mi propia casa.

Qué sorpresa se llevó el guardaparque, cuando al llegar a su casa se encontró un tipo en su sofá, acurrucado con una manta viendo su televisión. Yo no daba crédito a su nerviosismo. De pronto empezó a decir que eso no se podía hacer, que me iba a denunciar, que igual le faltaba alguna cosa. Yo le contesté que comprobase lo que quisiera y que me pidiera los datos que quisiera. Le dije que la tormenta me asustó y entré al refugio, y que si hubiera pretendido llevarme algo no me hubiera quedado allí viendo la televisión esperando que apareciese.

Verlo tan exaltado me hizo darme cuenta de la ilegalidad que acababa de cometer entrando en aquella casa. Después de tanto tiempo viajando, de haber conocido tantas buenas personas, de toda la ayuda que me han dado, me daba cuenta de que mi mente había olvidado el concepto de persona desconocida, pues ahora hasta los desconocidos son mis amigos. Al principio no entendía que el guardaparque se hubiera enfadado tanto porque un viajero de buen corazón se hubiera refugiado de la tormenta. Después comprendí que lo que él veía no era más que un desconocido, un potencial ladrón aprovechado que a saber lo que habría estado haciendo en la casa.

La conversación y el tiempo hicieron que se relajase la tensión hasta tal punto que nos hicimos amigos. Y cuando al día siguiente estaba a punto de partir con las botas aún mojadas, mi ahora amigo quiso hasta regalarme las suyas, pero me quedaban grandes. Entonces me aconsejó quedarme en unas termas que había a pocos kilómetros, y me dijo donde encontraría la siguiente casa de guardaparque, advirtiéndome eso sí, de que si no encontraba nadie en ella, por favor no la asaltase esta vez.

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