Historias de Urubici

Desperté temprano como de costumbre. Tarde para la apresurada hora en la que la lluvia, el frío y la oscuridad me obligaron a acostarme el día anterior. Pronto para el perezoso despertar de aquel tranquilo pueblo de la sierra gaucha.
Acampado tras la iglesia del pueblo poco lugar había para la intimidad. Aún desayunaba dentro de la tienda cuando un coche paró al costado. Al parecer mi casco llevaba unas doce horas tirado en la calle a unos cinco metros de la tienda de campaña, y la misma persona lo había visto de madrugada, pero no quiso avisarme pensando que me asustaría.
Agradecido, me quedé pensando si había sido suerte que ninguno de los millones de ladrones que supuestamente había por todas partes me hubiera despojado de tan importante accesorio, o si simplemente la realidad distaba mucho de tan desalentadora conciencia colectiva y los ladrones escaseaban por allí. Quizá un casco mil y una veces enmendado simplemente no suscitaba interés en nadie.
El día amaneció gris, como casi todos los días desde hacía dos meses. Me costaba creer que estaba en Brasil con el frío que hacía. Sólo hablar con la gente me convencía de que así era. Mantener el ánimo durante tanto tiempo bajo el agua empezaba a costarme demasiado, pero desde luego quedarme allí no era mi opción favorita.
Salí del pueblo tras dejar en información turística las llaves que sin querer me había llevado del hotel en el que había descansado el día anterior, con la esperanza de que más pronto que tarde fueran devueltas. El clima restaba mucho a la belleza de aquel paisaje lleno de araucarias. Y la cosa se ponía cada vez peor. De pronto empezó a llover.
Más malhumorado si cabe que mojado y helado me paré a comer cacahuetes que además no me gustan. Las vertiginosas subidas me obligaban a empujar la bici en muchas ocasiones, y al estar mojado se me habían hecho rozaduras entre las piernas. No era algo nuevo, ya me había pasado alguna otra vez y no me había importado nada; otras veces incluso ni me había dado cuenta de todas esas cosas por lo feliz que me hacía lo que estaba haciendo; pero empezaba a darme cuenta de que al contrario que entonces, ya no era imparable.
Paré en un pueblo a pedir agua justo en el mejor lugar, un bar lleno de borrachos donde no parecía faltar nadie. Quizá era domingo y se habían reunido allí después de la misa. La verdad es que no sabía ni en qué día vivía, lo único que sabía es que siempre estaba lloviendo.
Sin mayor percance salí de allí saciada la sed, aunque tanta adversidad invitara a la borrachera, y a las pocas horas mi suerte cambió de golpe. Tras una larga bajada asfaltada al fin llegaba a Urubici, donde los bomberos no pudieron darme un recibimiento mejor.
El jefe de bomberos no dudó ni un segundo. Según llegué me mostró donde dejar las cosas y me enseñó un espacio donde podría dormir, un pequeño gimnasio donde guardaban dos colchones.
Tras una reconfortante ducha pasé a la cocina a conversar un poco. Allí se estaba de cine. Una estufa de leña devolvió mi cuerpo a la vida, y la copiosa cena que llegó después no pudo ser un regalo mejor.
El jefe de bomberos estaba entusiasmado con mis aventuras. En la oficina pudimos entrar en el blog y ver un millón de fotos que tenía subidas. Al parecer no todos los viajeros que llegaban allí tenían tantas ganas de conversar y hacer amistad como yo. Toda la mala energía del día de pronto quedó en el olvido.
Al día siguiente quise conocer Morro da Igreja. Una vertical subida digna del más experimentado escalador se abrazaba a la montaña como fuera posible hasta llegar a la cima, el mirador desde el cual se podía divisar una especie de ventana, un agujero en una pared de piedra al otro lado del valle. El titánico esfuerzo de subir hasta allí se veía recompensado por la belleza del paisaje, adornado justo ese día por el fantasmagórico y a la vez misterioso halo de una bruma que iba y venía de manera impredecible. La satisfacción de cumplir el reto de llegar hasta allí por tus propios medios, unida a la belleza, el misterio, y la alegría y tranquilidad de saber que esa noche compartirás también una rica cena caliente con gente de buen corazón; todo ello invitaba a la reflexión, la alegría y la paz.
Recuerdo bajar de allí llorando de emoción, convencido de que sólo el amor puede salvar este mundo, que lo único que podía y debía hacer si quería cambiar algo a mejor era amar lo más que pudiera. Así como lo estoy contando fue. Volví al cuartel de bomberos lleno de satisfacción y alegría. Otra vez me invitaron a cenar un montón de comida, toda la que pude tragar; hasta que exhausto y en paz me eché sobre la cama a dormir.
Al día siguiente quise salir temprano, pero fue imposible; siempre cuesta dejar esos lugares donde uno se carga de buenas energías. Todas mis cosas estaban listas, y sin embargo ahí estaba yo, subiendo al camión de bomberos; el jefe de la estación quiso darme un paseo hasta el mirador que el mal tiempo no me había dejado disfrutar el día que llegué.
Al final no fui capaz de irme hasta después de comer. Como otros bomberos ya me había regalado camisetas, esta vez me regalaron una navaja. Después llegaron las sonrisas, los abrazos, los buenos deseos; y finalmente esas primeras pedaladas luchando contra el apego, empujándome una vez más hacia lo desconocido.

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Chile

Para todos esos weones con los que compartí tantos buenos ratos, espero que os guste caleta:

Chille. El confín del mundo para los incas. El último lugar del mundo al que los humanos pudieron llegar. Aislada por el desierto más árido del mundo al norte, la cordillera más joven y extensa del mundo al este, una inmensidad de eternos e inaccesibles hielos al sur, y el mayor océano del planeta al oeste, podría considerarse una inaccesible isla dentro del continente mismo. Llegar debió de ser sin duda una tarea titánica para los primeros hombres, con creces recompensada por la más sobrecogedora belleza.

La historia de Chile está escrita con tinta de lava sobre las piedras. La baila la tierra en incontables terremotos al son del tambor de los volcanes. Es un pulso entre los andes, que invaden las heladas aguas en infinitas islas, y el mar embistiendo en gigantescas olas contra la costa. Chile es el fluir palpitante de la vida, efímera belleza en eterna transformación, adaptación o muerte, un constante derroche de creatividad de la naturaleza.

Y en mitad de toda esa locura nació un pueblo enamorado de la tierra, tatuado su corazón de hermosura, maravillado y sobrecogido por el cincel de la creación, en constante éxtasis de contemplación, agradecimiento, respeto y veneración de algo más grande que ellos mismos. No pudo ser de otro modo. Para ellos la tierra no podía ser del hombre, pues era el hombre quien era de la tierra. Y así se hicieron llamar mapuches, “Hombres de la tierra”.

Los mapuches resistieron a los incas y también a los españoles, pues era demasiada la libertad que corría por sus venas como para someterse a nadie. Sin embargo, cuando los abanderados de la libertad y la independencia, todos esos que decían querer dejar de ser siervos de la corona, colonias en beneficio de unos pocos, a todos esos les faltó tiempo para someter esas tierras al beneficio de otros pocos. Es irónico y trágico descubrir como un puñado de blanquitos que dirigían la lucha en supuesta defensa de la libertad e identidad de lo nativo, que los habían mandado convencidos en primera línea de guerra contra los españoles, terminada esa guerra les faltó tiempo para abalanzarse sobre los mismos nativos, robarles sus tierras y ponerlos a trabajar para ellos en una guerra que llamaron chistosamente “La pacificación”.

El chileno es un pueblo aplastado una y mil veces por el mismo Chile. El chileno es un pueblo que tuvo el coraje suficiente como para desafiar el orden establecido. El chileno es un pueblo que decidió ayudarse y compartir, que todos debían tener los mismos derechos y oportunidades. Pero la CIA, a través de uno de sus brazos ejecutores, en este caso Chile, castigó esta mala idea dando un ejemplar y severo correctivo al pueblo chileno. Al pueblo chileno se le enseñó lo que estaba bien y no, lo que tenía que desear y no, lo que debía hacer y no, lo que era suyo y no, lo que debía pensar y no; y el que no aprendió desapareció de la tierra. Se reivindicaba la libertad, pero no la del pueblo si no la del capital, la libertad para que las multinacionales hicieran en Chile lo que les viniera en gana. Y así, Chile fue el país abanderado del neoliberalismo donde los Chicago boys realizaron sus primeros experimentos.

Como chileno debe ser una vergüenza y una melancolía muy grande saber que tu propio país subyugó a los verdaderos nativos a los que hoy en día tacha de terroristas por seguir reivindicando sus tierras, que tu país mató miles de bolivianos y peruanos para beneficio de empresas inglesas, que en tu país hay de todo pero sólo para unos pocos. El mejor país de Sudamérica, pero ¿Para quién? Si es así no te aflijas, porque Chile no es el pueblo chileno, el pueblo chileno es mucho más grande que todo eso.

El pueblo chileno es un pueblo que se crece ante las desgracias. Acostumbrados a terremotos, erupciones e incendios, no encontraras un pueblo en el mundo que se vuelque más en ayuda de los damnificados. El chileno es un pueblo que vive tranquilo ante la posibilidad de que la naturaleza le arrebate todo en cualquier momento porque sabe que volverá a levantarse, una y otra vez, porque nunca faltará la solidaridad de su gente y siempre está dispuesto a derramar sudor de su frente. Todo inconveniente es poco para un chileno comparado con la fortuna de vivir en el rincón más remoto y sobrecogedoramente bello de la tierra. Es el chileno un pueblo enamorado de la naturaleza y de su cordillera, que siente las catástrofes naturales en su mismo pecho. Y lo verás pasear bajo la lluvia como si en realidad hiciera un sol radiante, bañarse en heladas aguas como si estuviera en el caribe, escalar inaccesibles montañas como si fuera un paseo, hacer un fuego bajo la lluvia con madera mojada antes de lo que tú enciendes una cocina de gas.

Chile es una cabaña en mitad de inaccesibles montañas cortadas por el hielo, donde un corazón de fuego late día y noche contra el frío. Chile es un campesino entusiasta que te invita a pasar en mitad de una interminable lluvia a tomar tesito y comer sopaipilla. Chile es una voz aguda hablando un español tan inentendible como chistoso. Chile es un entregarse a la naturaleza más salvaje, admirarla cada día, observarla a través de una pequeña ventana. Chile es aceptar que formamos parte de algo mucho más grande, honrar una naturaleza que puede quitarte la vida en cualquier momento, ser consciente de tu absoluta pequeñez e insignificancia, agradecer cada segundo de vida contemplando esas tierras.

Chile huele a café y a madera, se siente empapado bajo la lluvia, cuando el frío te congela la cara, cuando la tierra tiembla bajo tus pies, en asamblea con expresos políticos alrededor de una hoguera. Chile es para mí una mezcla de melancolía y amor, un entusiasmo y energía inagotables recorriendo tus venas, quedarte paralizado por la belleza del paisaje tras cada curva. Los mejores momentos de mi vida los he pasado allí. Chile me provocó un despertar, me enseñó a sentir la vida, un tremendo agradecimiento, una fusión con la naturaleza que nunca antes había experimentado. Chile me hizo poeta, me arranco más lágrimas de admiración y alegría de las que pude contar y lo sigue haciendo cada vez que lo recuerdo, me dio esperanza de que el mundo pueda ser mejor. Y por todo ello siempre guardará un lugar tan profundo y especial en mi corazón.

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El hijo pródigo

El poder del presente es abrumador. Tras casi tres años de viajes e incertidumbre, hoy paseo por las calles de mi olvidada Errenteria como si nunca me hubiera ido. Un día estás acampado en la nada misma del altiplano, sin más ambición que disfrutar de cada merecida bocanada de aire; y al día siguiente descansas completamente desconcertado en casa de tu hermana, preocupado por conseguir un trabajo, una casa, una furgoneta y una familia.

Los recuerdos parecen desvanecerse como las sombras de la mañana, se evaporan como el rocío sin dejar ni rastro; dejan tan escasas pistas que uno tiene la sensación de que nada hubiera ocurrido, como si se hubiera despertado de un irreal y fantasioso sueño que sólo en la imaginación pudiera existir.

Ahora voy a comer donde mis padres, veo videos japoneses con mi hermana pequeña, me voy a tomar cervezas con los amigos, como si nunca hubiera dejado de hacerlo, como si estos tres años se hubieran comprimido en un imperceptible diferencial. Y entonces me siento a solas en el sofá, intentando recordar cada pequeña anécdota, sintiendo con dolor su desvanecimiento bajo los desesperados gritos de la añoranza, preguntándome de qué ha servido toda esta historia, tratando de buscar la conclusión de tan trascendente aventura. Pero sólo queda el silencio. La nada de un pasado ya pasado, en mitad de los anhelos de un presente que desea materializarse, concretarse de una vez en algo.

El presente desea ser merecedor heredero de la aventura, la encarnación de una poderosa transformación, el recipiente que contenga el más selecto elixir, pura y máxima sabiduría extraída de tantas vivencias y reflexiones. Pero sin embargo, parece quedarse en un “Estoy cansado, me voy a casa” de la película Forrest Gump, que demuestra el abrumador poder del presente y lo efímero de las cosas que la añoranza se empeña en conservar, siempre en estéril batalla. Sin embargo como diría el Che Guevara, “Ese vagar sin rumbo por nuestra  mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí. Yo ya no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior”.

Cómo explicar que la vida es hermosa, que su razón de ser, su esencia, la justificación de sí misma no es otra que la belleza. He llorado tanto contemplando la vida. Me desborda la emoción al recordar los árboles creciendo en paredes de roca, esos ríos turquesa y lagos azul cielo. Solo en mitad de la naturaleza más brutal, rodeado de hielo y frío, no me he podido sentir más acompañado y completo. Cómo explicar que el que no es feliz con poco, no es feliz con nada; que la vida misma es suficiente para ser tan asombrosamente feliz que la fugacidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte se olvidan y vencen, porque nadie podrá jamás borrar esa huella en el tiempo. Cómo explicar que si no hay amor que no haya nada entonces, como dice el Indio Solari.

Perú me ha ayudado a ver que era momento de volver a casa, que quería estar con mi familia y asentarme cerca de ella. Perú me ha enseñado que, del mismo modo que dejé todo atrás para viajar, ahora tenía que dejar todo atrás para volver. Perú me ha enseñado que ahora mismo eso es lo que más deseo. Como diría Morfeo en Matrix, el destino al parecer no está carente de cierta ironía; y ahora deseo tanto volver como deseé marcharme no hace tanto atrás.

¿Qué ha cambiado entonces? Yo. Antes todo era imposible, pero ahora soy capaz de cualquier cosa. Antes no me apetecía hacer nada, pero ahora no me dan las horas del día para todo lo que quiero hacer. Antes no me gustaba conocer gente nueva o salir de lo conocido, y ahora no veo el momento de salir del círculo de confort. Antes me pasaba la vida fingiendo para esconder los sentimientos que ahora fluyen sin vergüenza alguna. Antes vivía en guerra odiándome y ahora me quiero en paz. Ahora sé quién soy, al menos de vez en cuando. Y por eso, aunque nada haya cambiado, todo ha cambiado en realidad.

Me ha dolido saber de algunas personas que piensan que soy un vago, que me he pasado casi tres años de fiesta, que he dejado un reguero de hijos por el camino, y que al final he vuelto con el rabo entre las piernas o cosas así; no han entendido absolutamente nada de lo que he estado haciendo este tiempo. A todas estas personas les deseo suerte. Me gustaría que creciera su espiritualidad, comprensión y respeto, que ganasen en paz y felicidad; a esas personas que dicen que para ver un árbol o un río no hace falta irse tan lejos les pediría que abrieran sus ojos, que no los cegara la soberbia y se dieran cuenta de que yo eso ya lo sé, que se desvaneciera su superficialidad para ver la verdadera profundidad de todas estas experiencias, su significado y lo importante que es nutrir el alma de uno mismo. Eso es lo que les deseo de corazón, que sientan lo que yo he sentido, que realmente lleguen a comprender por qué he hecho lo que he hecho. Ojalá pudiera expresarlo con palabras, poder transmitir todo ello a través de un libro, y lo voy a intentar, pero hay ciertas cosas que sólo uno mismo puede llegar a aprender.

No he encontrado la respuesta a la vida, ni a los problemas del mundo, ni la sabiduría; pero en gran medida sí me he encontrado a mí mismo, y por suerte el camino a casa. Ahora empieza un mundo nuevo, que construiré desde este yo mismo que se ha apoderado de mí, a mi modo y no como otros quieran; y estoy seguro de que será maravilloso, tanto como lo ha sido esta etapa de viajero pero no mejor, porque como diría Wyoming, es imposible.

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Llegada a Tres Arroyos (Hiru Erreka)

Hoy he comenzado a escribir un segundo libro, que creo va a ser el más divertido y alegre de todo lo que tengo en mente contar de este viaje. Por eso quisiera compartir lo que de momento en el borrador es el principio del mismo. Espero que os guste:

Me detuve a observar aquel hombre que me miraba directamente a los ojos. ¿Quién era? Era el rostro del desacuerdo. Una desafiante llamada de atención. Un inofensivo  idealista enamorado  buscando pelea en absurda contradicción optimista.

Su largo y despeinado cabello, que lo mismo caía sobre sus ojos que se alzaba hacia el cielo sobre sólidos cimientos de mugre. Su ridícula e incomprensible barba, cuatro pelos crecidos dónde y cuánto cada uno había deseado, sin ningún tipo de orden ni concierto; que sólo la fuerza del tiempo había tenido la paciencia de unir en una desordenada barba. Su piel esculpida por el frío y el sol, que pretendía acelerar el paso de los años. Su delgado pero fuerte cuerpo, incansablemente forjado por el esfuerzo y una alimentación que a veces era, y otras simplemente no.

Era la viva imagen de la anarquía y el caos. Para muchos la más absoluta dejadez, abandono y tristeza. Para él la más absoluta libertad, posiblemente el momento más feliz de su vida. Un completo regocijo de placer y paz, de autenticidad y pura esencia, de superación y alegría. Una victoria sin precedentes. Toda la Patagonia como compañera, tatuada para siempre en su memoria y en su mismo ser; toda ella formando ahora parte de él mismo, lo acompañaría siempre incluso más allá de la muerte.

Dejé de mirar aquel espejo. Una báscula llamó mi atención. Había perdido casi diez kilos de peso. Me sentía fuerte, me sentía en paz, feliz y satisfecho. Me sentía en lo más alto en todos los sentidos, por mucho que mi aspecto pudiera confundir a la mayoría.

Aquella fue una de las duchas más reconfortantes de toda mi vida. El agua, caliente, caía sobre mi cabello llevándose la suciedad, al mismo tiempo que relajaba mi maltratado cuerpo, que no daba crédito a tanta bendición y cuidado. Una semana llevaba sin ducharme.  Y mientras yo saboreaba aquel hermoso momento, observando en paz y tranquilidad cómo el agua terminaba su camino de color negro, Belén llamaba preocupada a sus padres: Ya ha llegado Aingeru y no os vamos a engañar, no lo hemos visto bien.

¿Quieres cenar? ¿Quieres dormir? ¿Quieres ducharte? Quería todo sí, y todo a la vez, pero no se podía, había que seguir un orden. Así que primero me duché, después cené, cené de nuevo y volví a cenar. Estaba exquisito. Y finalmente, a aquella ducha, la más rica de toda mi vida, le siguió también el descanso más absoluto, despreocupado y reconfortante que jamás hubiera experimentado. Ya habría tiempo de contar tantas y tantas aventuras. Ya llegarían las explicaciones. Tenía tantas ganas de contar mi experiencia, de compartir todo lo vivido y aprendido. Tenía tantas ganas de ser comprendido y que los demás sintieran lo que yo sentía. Me habían pasado tantas cosas que no sabía por dónde empezar.

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Aventuras en el dentista

Las enfermeras comenzaron a tomarme la presión y el ritmo cardiaco, al tiempo que anotaban otros datos en mi historial. Eran tres, y su seriedad  y dedicación terminaron por preocuparme tanto que por un momento pensé que estaba muy grave.

-¿Seguro que es necesario todo esto? –Pregunté sorprendido.
-Por supuesto- Me contestaron.
-Miren que yo nada más he venido al dentista para ver si tengo caries…

Sin más palabras, terminaron sus anotaciones y me pidieron que volviera a sentarme en el pasillo a esperar que la dentista me llamara. Yo no entendía nada de lo que había pasado. Me habían medido la altura, el peso e incluso la cintura. Me entró la risa.

Una hora más tarde, al fin la dentista me hizo pasar. Lo primero que me llamó la atención fue la televisión, que emitía, como no podía ser de otro modo, una telenovela. Imaginar que la dentista podría estar serrando mis dientes mientras veía la televisión me causó un poco de pánico, pero qué podía hacer. Como siempre me confié a mi buena suerte, y empecé a observar todo lo que acontecía para reírme después. No quería perderme ni un detalle de cómo es ir al dentista en Perú, y tenía la esperanza de salir mejor parado que Luis Jose Alberto María, al que en ese momento su esposa había encontrado siéndole infiel en su propia cama.

La silla sobre la que me atendió era nueva, o eso dijo ella, y por lo visto aún no estaba correctamente instalada. Por eso, en lugar de darle a un botón y llenarse automáticamente un vaso de agua para que te enjuagues, la doctora se acerca a un fregadero y te trae el agua personalmente. Además, no es la silla la que se mueve para que la doctora trabaje cómodamente, sino que es la doctora la que se mueve para ajustarse a la silla. Uno debe además trabajar en su propia operación, sujetando los aparatos y dándoselos a la doctora cuando los necesite. Aquello sí que fue una aventura y no acampar a 5000 metros de altura.

La dentista comenzó palpando mi boca y la mandíbula por afuera, explicándome con detalle por qué hacía todos esos movimientos y qué estaba chequeando. Así, pronto se dio cuenta de que mi mandíbula no encaja correctamente. Me sorprendió también la manera en la que me lo dijo. Podía haberme dicho simplemente que tratara siempre de no abrir demasiado la boca porque se me podría desencajar un poco, pero en lugar de eso se inventó toda una historia: A veces abrimos mucho la boca, porque nos enfadamos, o a lo mejor porque nos sorprendemos mucho por algo, o cuando te pones a gritar o te emocionas. Bueno tú no debes hacer eso con esta mandíbula.

La doctora vio que debía tratarme dos caries, además de reparar un empaste que se me había caído comiendo pollo en Bolivia; pero lo primero de todo era hacerme una limpieza de boca. Como era tarde, únicamente me hizo la limpieza de boca, y aunque me cobró hasta los guantes desechables que usó, todo me costó 6 euros en lugar de 50 o 100 como cuesta en mi pueblo; eso compensaba la telenovela, la silla y todo lo demás!

Río también al recordar la capacidad que hay aquí para el cotilleo. ¿Y quién es esa chica que te acompaña? ¿Dónde la has conocido? ¿Dónde estás viviendo? ¿Qué estás haciendo aquí? Etc, etc… Por suerte le caí bien a la doctora!

Dos días más tarde volví de nuevo para terminar con las caries. Mientras la dentista era atendida por otra doctora, una vez más me pesaron y midieron, e incluso me examinaron la vista; datos muy necesarios para curar unas caries. Además, en recepción no encontraban mi historial, por lo que fue la misma dentista la que tuvo que entrar y buscarlo por su cuenta, mientras renegaba porque las de recepción son perezosas con su trabajo. Me sentía el protagonista de una película surrealista.

Pasé toda la mañana allí. Parecía el asistente de la dentista. Como era larga la tarea que tenía conmigo, para no hacer esperar tanto a otros pacientes que llegaron, trabajaba un rato en mi boca, me dejaba con todo a medio hacer esperando dentro de la consulta, atendía a otras personas mientras yo observaba toda la escena y después seguía conmigo.

Así vi cómo atendía a un hombre, que en realidad debía haber venido otro día porque era otra la dentista que le atendía, y esa otra dentista a juicio de la mía le había hecho mal no sé qué cosas, etc. Era gracioso ver como la dentista renegaba con todos. Que si usted está mintiendo porque sabe bien que tenía que haber venido otro día, que si la dentista que le atendió le hizo una chapuza, que si los guantes cuestan un sol, que si los guantes cuestan dos soles, que si me duele la espalda y ya no estoy para esto. Después terminaba atendiendo a todos bien, pero verla renegar era gracioso.

Después del señor aquel, entró también una madre con su hija, que tenía una caries. Cómo lloraba la pobre porque le daba miedo que alguien se metiera en su boca. Y a cada rato, alguien entraba en la consulta interrumpiendo cualquier cosa. De pronto entró una enfermera para decirnos que iban a tocar guitarra por el día de la madre. Uy! Salgamos a verlo! Rellenar la muela de este paciente puede esperar! Jajaja! En realidad la doctora terminó con el paciente, y después cuando salimos todos hizo que los músicos volvieran a tocar porque ella no había podido escucharles. Todos estaban emocionados. Y es que aquí el día de la madre es muy muy importante.

Después de despachar a la madre que vino con un niño que aún ni dientes tenía, la doctora siguió atendiéndome y limó los empastes que me había hecho hasta que quedaran bien. Yo le iba diciendo si lo sentía bien o mal; y cuando al fin me sentí satisfecho y le dije que estaba bien, ella me contestó alegrándose de que por fin la iba a dejar de joder, jajaja.

Los tres empastes que me hizo me costaron 20 euros, y no 150 como en Errenteria. Salí contento y satisfecho, y cuando subiendo por mi calle observé cómo 7 jóvenes entraban a un pequeño taxi que estaba parando todo el tráfico de la calle para que ellos pudieran entrar no pude evitar pensar; esto es Sudamérica!

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Encuentros del altiplano

En Enquelga volví a encontrarme con Marco y Carine, una pareja mochilera que había conocido en Llica. Fue una completa sorpresa. Yo estaba en el refugio del guardaparque, a punto de irme a acostar, cuando de pronto el guardaparque entró por la puerta y tras él unos amigos que no esperaba.

Nos quedamos charlando hasta tarde, de todo lo que había pasado desde que nos vimos en Llica hasta aquel momento. Fue una sorpresa agradable y una conversación entretenida. Es increíble lo pequeño que es el mundo.

Al día siguiente tuve que abortar mis planes de subir al volcán Isluga por el mal clima. Tan malo fue el clima ese día que tuvimos que quedarnos en el refugio jugando al dominó y conversando. Pero por suerte al día siguiente pudimos seguir adelante.

Los guardaparques nos llevaron más al norte, hasta unas termas de agua caliente  y agradable. Aquel era un lugar alucinante. Estar allí, calentito en el agua entre montañas nevadas, en la esquina de un enorme y bello salar, rodeado de vicuñas y flamencos no tiene precio. Allí nos quedamos hasta la hora de comer, y después una vez más el destino nos separó.

Aquella tarde el clima volvió a empeorar. Me cayó lluvia, después granizo; hasta que helado de frío llegué a una estación de carabineros. La policía fue muy amable conmigo. Pusimos mi ropa a secar al fuego, me dieron un rico café caliente con pan, mortadela y mantequilla, me senté en un sofá a conversar y ver la televisión. Mientras tanto la calle era un congelador.

Pude descansar allí, en un container que había afuera del edificio; y a la mañana siguiente seguí hasta Guayatire, donde como ya conté la otra vez asalté la casa del guardaparque. Volví a salvarme de nuevo.

Al día siguiente llegué hasta el lago Chungará, ya al atardecer; y acampé junto a una pareja de Brasil que viajaba en auto. Conversamos al calo r de una hoguera, y cuando al día siguiente tuve la energía suficiente como para salir de mi tienda de campaña en mitad de tanto frío ya se habían marchado, pero me habían dejado una bolsa llena de hojas de coca como recuerdo.

Comenzó entonces la gran bajada, desde los 4500 metros de altura hasta el nivel del mar. El primer día llegué hasta Putre, sacando miles de fotografías, lugar donde paré  a descansar por tres noches; y después bajé hasta Arica disfrutando como loco.

Arica no me gustó demasiado. Se ve que no estoy hecho para la ciudad, así que sólo me quedé dos noches, para regresar al lago Chungará a dedo. Un simpático caminonero boliviano me echó una mano hasta allá, acampé nuevamente en semejantes alturas y al día siguiente pasé a Bolivia de nuevo.

Ya en la aduana Boliviana, tras haber recorrido unos diez kilómetros de bajada, me di cuenta de que no tenía el sello de salida de Chile en mi pasaporte. Como había entrado a Chile por un pueblo pequeño, me habían estampado el sello en un papel aparte que por lo visto se habían quedado en la aduana chilena y yo ya no tenía. Sin embargo, había tanta gente y eran tales las prisas y el aburrimiento de los trabajadores que no se fijaron demasiado y me estamparon el sello de salida sin ningún problema.

Así llegué al parque natural Sajama, donde pasé una semana entera subiendo montañas, disfrutanto de las aguas termales, descubriendo lagunas de altura y haciendo amigos. Inolvidables las risas y las partidas de dados que jugamos en el refugio de Tomarapi.

Y ahora hace una semana que estoy en Oruro, donde poco a poco va arrancando el carnaval. Ayer fue el último ensayo y quedé sorprendidísimo con la cantidad de gente que pasó. Vienen de todas partes de Bolivia. Aunque sin los disfraces, fue una experiencia espectacular; así que cuando el próximo sábado todo se cubra de colorido y originalidad me imagino que será inolvidable.

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Allanamiento de morada

La tormenta se iba acercando a ojos vista. Ya en Guayatire, era obvio que no podía avanzar más y que debía buscar refugio. El pueblo parecía totalmente abandonado, pero existía una casa de guardaparques.

Sin embargo, por más que golpeé la puerta nadie abrió, y la policía no se mostró muy dispuesta a echarme una mano. Estaba a punto de acampar en el patio de la iglesia cuando de pronto se me ocurrió investigar más la casa de los guardaparques. ¿Quién sabe? A lo mejor se habían dejado abierta la puerta trasera.

No puedo expresar la sorpresa y alegría que sentí al ver que así fue. La puerta que daba a la cocina se abrió sin ningún problema, así que era posible entrar. Lo cierto es que a pesar de todo debía como mínimo habérmelo pensado antes, pero la tentación y la tormenta eran demasiado grandes como para eso, y además se supone que era un refugio así que entré sin ningún miramiento.

Entonces me puse a investigar, hasta que conseguí dar la luz y encender el gas para poder darme una ducha caliente. Dejé mis cosas en la habitación que parecía destinada a los turistas, me duché, cociné, lavé la bicicleta, las botas, etc, con tanto placer y gusto como si estuviera en mi propia casa.

Qué sorpresa se llevó el guardaparque, cuando al llegar a su casa se encontró un tipo en su sofá, acurrucado con una manta viendo su televisión. Yo no daba crédito a su nerviosismo. De pronto empezó a decir que eso no se podía hacer, que me iba a denunciar, que igual le faltaba alguna cosa. Yo le contesté que comprobase lo que quisiera y que me pidiera los datos que quisiera. Le dije que la tormenta me asustó y entré al refugio, y que si hubiera pretendido llevarme algo no me hubiera quedado allí viendo la televisión esperando que apareciese.

Verlo tan exaltado me hizo darme cuenta de la ilegalidad que acababa de cometer entrando en aquella casa. Después de tanto tiempo viajando, de haber conocido tantas buenas personas, de toda la ayuda que me han dado, me daba cuenta de que mi mente había olvidado el concepto de persona desconocida, pues ahora hasta los desconocidos son mis amigos. Al principio no entendía que el guardaparque se hubiera enfadado tanto porque un viajero de buen corazón se hubiera refugiado de la tormenta. Después comprendí que lo que él veía no era más que un desconocido, un potencial ladrón aprovechado que a saber lo que habría estado haciendo en la casa.

La conversación y el tiempo hicieron que se relajase la tensión hasta tal punto que nos hicimos amigos. Y cuando al día siguiente estaba a punto de partir con las botas aún mojadas, mi ahora amigo quiso hasta regalarme las suyas, pero me quedaban grandes. Entonces me aconsejó quedarme en unas termas que había a pocos kilómetros, y me dijo donde encontraría la siguiente casa de guardaparque, advirtiéndome eso sí, de que si no encontraba nadie en ella, por favor no la asaltase esta vez.

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Entre el cielo y la tierra

Mi salida de Ollagüe se retrasó un poco. La tarde anterior a mi salida conocí a un guía chileno que estaba acompañando a un alemán con intenciones de subir el Aucanquilcha, un volcán de más de 6000 metros de altura. En cuanto supe de la aventura que estaban preparando les pregunté si podía unirme, y a las 4 de la mañana del día siguiente salimos en su camioneta, subiendo hasta los 5100 metros, lugar donde se complicaba el camino y era mejor seguir a pie.

Por desgracia, el clima estaba muy cerrado y frío; y no pudimos subir demasiado. Caminamos durante una hora, el tiempo necesario para llegar a una azufrera abandonada; y resguardados ahí del viento tomando un te calentito decidimos volvernos, pues el clima estaba empeorando aún más. Fue una pena no poder llegar hasta la cima, pero quedé con la satisfacción de haberlo intentado y la alegría de comprobar la tremenda energía y facilidad con la que caminé aquel trecho que sí tuvimos ocasión de andar.

Así, según regresamos recogí todas mis cosas y partí a Bolivia. Ese día mi miedo eran las tormentas, nuevamente rodeándome por todos lados menos en la dirección en la que yo iba. En un momento miré hacia atrás, y me asusté al ver una tremendísima tormenta sobre Ollagüe. Algunas furtivas gotas cayeron sobre mí también, y a lo lejos caía algún que otro trueno. No podía hacer nada más que seguir adelante.

La dureza del camino hizo caer una pieza de mis alforjas que por suerte pude encontrar volviendo atrás unos metros, y allí mismo encontré un lugar donde acampar pues estaba agotado.

Al día siguiente tropecé con los primeros atisbos de civilización, e incluso alguna señal que indicaba el camino. En la ruta conocí a Andrés, que estaba bajo su 4×4 engrasando algunas partes. Conversamos y seguí mi camino, hasta que horas después él me alcanzó, subimos la bicicleta al techo de la 4×4 y me llevó hasta un pequeño pueblito llamado Secsigua. Allí conversé mucho con su madre, que me invitó a una rica sopa de quinua; y después de cenar me acosté satisfecho y feliz por todo lo que me había pasado.

Seguí mi camino, parando una y otra vez a sacar fotos del salar de Tunupa, más conocido como salar de Uyuni. Yo iba recorriendo el costado oeste, subiendo de sur a norte camino a Llica. Tanto paré a sacar fotos y disfrutar del paisaje que no me dio tiempo a llegar a Llica, pero encontré un hermoso lugar donde acampar, detrás de una pequeña montaña, con preciosas vistas al salar y al cerro Tunupa.

Acampé feliz una vez más, contemplando la tormenta que caía a lo lejos. Me fascinaba el hecho de alcanzar a ver quizá hasta 150km de distancia desde donde estaba. Me sentía como un halcón que puede observarlo todo desde las alturas, pero desde el suelo. Esa noche hizo viento, e incluso llovió unos minutos; pero por suerte no fue nada grave.

Al día siguiente al fin llegué a Llica, donde el encargado de la obra del nuevo colegio me ofreció cama y comida. Ese día era domingo, así que todos los obreros tenían libre; y la verdad no sé cuántas cervezas nos llegamos a tomar entre todos pero no sé si quedó alguna llena en el pueblo.

Tras un día de descanso para pasar la resaca, ducharme y lavar ropa; al fin crucé el salar. Lo hice en un altísimo autobús de enormes ruedas, los únicos vehículos que pueden surcar el salar en esta época del año pues se encuentra inundado. A veces el agua no alcanza a un palmo de profundidad, pero en algunos lugares puede alcanzar hasta el medio metro. Fue un lento viaje de seis horas del que disfruté como un niño, allí donde se encuentran el cielo y la tierra. Todo se reflejaba como un espejo, sin que por ello se dejase de ver el fondo del salar. Allí uno no sabe si va en barco, en avión o en autobús. Las montañas y sus correspondientes reflejos parecen islas flotantes en el cielo, y el horizonte desaparece invisible entre el cielo y la tierra.

Tras volver de Uyuni a Llica de nuevo, seguí mi camino hacia Chile. Los militares Bolivianos me dejaron dormir en una cama que tenían en una garita del puesto de guardia, y conversé mucho con los chicos que están allí haciendo la mili. Como los vi con hambre preparé la olla hasta arriba de arroz y compartimos la cena. Al principio se negaron pero no dejamos nada de comida.

La noche siguiente fue de las noches más duras que he pasado. Tras llegar a Chile, comencé a ascender y ascender a los cielos. Me enfrentaba a un paso a unos 5100 metros de altura, y los carabineros me habían advertido de que llegase a tiempo para poder bajar y no tener que dormir arriba con el frío que hace; pero no me dieron las energías. Yo veía el pasó allí cerca, pero en realidad sabía que no era tan cerca, y mis fuerzas estaban flaqueando mucho; de hecho, literalmente no tenía fuerzas ni para rascarme el culo. Calculé que no me iba a dar tiempo a llegar, o que si llegaba me iba a caer la noche arriba pues quedaba una hora de luz, y decidí acampar a 5000 metros de altura.

Me puse toda la ropa térmica, la segunda capa, los calcetines más gordos, el gorro boliviano que tapa hasta las orejas, entré dentro del saco de dormir y me eché encima la cazadora. Sólo me faltó ponerme los guantes. A pesar de que estamos en verano, el frío era indescriptible. Tocar el saco de dormir por fuera me congelaba la mano, pero por suerte dentro del saco no se estaba tan mal. No voy a decir que no pasé algo de frío, pero nada en comparación a lo que hacía fuera de la tienda de campaña.

Cerré los ojos pensando en cómo lo harían las llamas o las vicuñas para sobrevivir semejantes noches a la intemperie, incluso en invierno; y desee dormirme lo antes posible y no despertarme hasta que saliera el sol. Y es que no sólo el frío me asustaba, si no el darme cuenta de que no encontraba oxígeno en el aire.

El sol salió y la temperatura debió subir unos veinte grados en media hora, pero aún hacía frío. Terminé de ascender lo poco que quedaba, y desde el paso decidí ascender caminando una montaña cercana. Llegué hasta los 5400 metros, para descubrir que aquella no era más que una falsa cumbre, que sin embargo ya estaba salpicada de hielo por todas partes. La verdadera cima se presentaba ante mí allí arriba bastante cercana, pero me contenté con haber llegado hasta allí y regresé a por la bicicleta. Desde allí descendí y seguí descendiendo, y por más cansado que estaba seguí avanzando hasta llegar a Colchane, y después Pisiga en Bolivia, donde he decidido tomarme un día de descanso porque mi cuerpo se ha declarado en huelga.

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Entre volcanes

A penas podía alzar la bicicleta. Con ocho litros y medio de agua y comida para cuatro días, la polvorosa se había convertido en una pesada mole ingobernable anclada a San Pedro de Atacama. El tiempo no había pasado en vano, y mi cuerpo se mostraba ahora quejoso y débil; pero no así mi ánimo, que de querer tirar la bicicleta por un barranco al llegar hasta aquel hermoso pueblo, se mostraba ahora ansioso y sediento de aventuras, ardiendo por conquistar nuevas rutas y retos imposibles.

Dos meses y medio habían pasado ya. Se me antojaba toda una vida, acostumbrado como estaba a no pasar más de una semana en un mismo lugar desde hacía dos años. Deseaba ahora tanto marcharme como deseé quedarme cuando al fin llegué, con el cuerpo exhausto y la mente llena de dudas. Estaba tan cansado y vacío de emociones. Me daba todo igual, como si de pronto me hubiera convertido en roca. Me sentía perdido y carente de pasiones, sin fuerza ni ganas de seguir mi viaje solo, y es que desde el mismo día en el que en Jujuy me separé de Matías y Fran, y Matías no quiso ni darme la mano ya me di cuenta de que me había quedado solo de nuevo.

Pero ahora todo era diferente. San Pedro de Atacama me había despertado con sus nuevas amistades, enseñándome que cuando algo termina siempre algo nuevo comienza, y recordándome a fuerza de expediciones el gran amor que siento por la montaña. Tantos meses recorriendo aburridas llanuras me habían hecho olvidar el cosquilleo que me hace sentir mi amada cordillera. De pronto volví a sentir el deseo de perderme en la naturaleza, despejarme de las ciudades, los pueblos y las gentes., volver a entrar en comunión conmigo mismo como en los primeros días. Deseaba conquistar nuevos retos, ensimismarme con la naturaleza, llegar allí donde nadie se molesta en ir. Deseaba estar solo y en paz, poner toda mi atención en el presente, enredarme en aventuras que no me dejasen tiempo para divagar en mi futuro, ni en todas esas cosas normalizadas, a mi modo de ver absurdas, desquiciantes y deprimentes que hace el hombre, que tanta amargura me causan y no tengo ganas de nombrar porque no acabaría nunca y pocos estarían de acuerdo conmigo. Vaya si lo he conseguido. Estos cinco días he vivido una de las experiencias más alucinantes de toda mi vida.

Gracias a Dios, nadie estuvo dispuesto a llevarme en un tour hasta los géiseres del Tatio; nadie tenía lugar suficiente para mí, la polvorosa y todas mis cosas. Esa mañana desperté algo resacoso de la cena de despedida que compartí en casa de Quintín, y tras guardar las últimas cosas y cargarme de mucha agua pedaleé hasta la ruta dispuesto a improvisar como siempre. Me enfrentaba a una subida de 90 kilómetros, en la que ascendería desde los 2500 metros hasta los 4300 metros de altura. Lo que no sabía era que bastarían 40km para llegar hasta los 4100 metros de altura.

Según comencé a pedalear por la ascendente carretera, supe que no haría dedo; tenía demasiadas ganas de pedalear y estaba demasiado sediento de nuevos retos como para pedir ayuda, además de estar harto de depender de otras personas. La pesada carga me hacía avanzar despacio, tan despacio como si arrastrase un ancla; pero la constancia pudo más que la impaciencia y para el mediodía ya había llegado hasta Guatin, donde compartí una conversación con un grupo de españoles que andaban buscando donde bañarse. Allí, el cansancio, la altura y la pendiente me obligaron a bajar de la bicicleta, y no me quedó más remedio que seguir empujando hasta Machuca.

De pronto me faltaba el aire en todo momento. No podía evitar parar cada cincuenta metros, y sentía sed incluso cuando estaba bebiendo. Había calculado tres litros de agua por día, pero la subida me obligó a beber hasta casi cuatro. Resoplando, ardía de emoción al contemplar el Licancabur nevado en pleno verano, que coincide con lo que denominan como invierno boliviano, la época de lluvias del altiplano. Aquel paisaje me asustaba, mostrándome a las claras que había altas probabilidades de que me viera envuelto en una tormenta. Recordaba los relatos de algunos amigos de San Pedro de Atacama, contándome cómo en Enero y Febrero hay días que son tantos los rayos que se ven a lo lejos tras la cordillera, que no se alcanza a distinguir cuando termina uno y empieza otro.

Ese mismo día cayeron unas furtivas gotas sobre mi cabeza. Por suerte estaba ya en Machuca, un pequeño pueblo a unos 4100 metros de altura. Llegaba tras recorrer la pequeña bajada que sigue a un paso a 4300 metros al que había conseguido llegar con mis últimas energías. No había parado de sacar fotos los últimos veinte kilómetros, más por descansar que por otra cosa. Desde allí arriba el salar de atacama no era más que una pequeña y lejana mancha blanca.

Me sorprendió el intenso verde del valle en el que se alzaba Machuca. Contemplar cómo un poco de agua era suficiente para llenar de tanta vida semejante paraje de árida desolación y castigo me fascinaba. La vida nacía con orgullo y osadía, más desafiante que en ningún otro lugar del mundo, en constante combate contra los elementos, dispuesta a vencer al viento, el frío y la sequedad, inevitablemente poseída por su amor propio. Me emocionaba ver cómo la vida se extendía por rincones inimaginables, como la vida se da siempre el lujo de intentarlo, en cualquier lugar, siempre, intentando cubrirlo todo, sin prestar la más mínima atención a las probabilidades de éxito, intentando darse siempre, ante cualquier circunstancia, en todo lugar, llena de orgullo sin temor alguno.

Ya en el pueblo, tropecé con cuatro trabajadores, tres peruanos y un boliviano, que estaban construyendo unas duchas. Conversé con uno de ellos procurando donde pasar la noche, y éste me invitó a quedarme en la casa que descansaban ellos, pues tenían un colchón de más. Allí compartimos cena y una agradable charla, un final de día mucho mejor de lo que había pensado, y tranquilo y a salvo de la amenaza de lluvia pude descansar de tan fatigosa jornada.

A la mañana siguiente seguí mi camino hacia el Tatio. Surqué infinitas llanuras a más de 4000 metros de altura, aprendiendo a medir las gigantes distancias con mayor precisión y paciencia. Comencé a aprender que las montañas que tan cerca parecían estar se situaban quizá a treinta kilómetros de distancia, y que pasarían varias horas hasta que las tuviera al costado, y varias más hasta dejarlas atrás. Me reía imaginando que aquello era como si pudiera ver Beasain desde Errenteria, y quizá, las más lejanas montañas estarían tan lejos como Burgos de Errenteria. Eran pensamientos que me emocionaban, y aún no alcanzo a adivinar si me hacían sentir enano o gigante. Sentía que desde aquel lugar dominaba una extensión mayor que toda mi provincia, una colosal extensión en la que no había nada más que llanuras y montañas, naturaleza pura, vastas extensiones fuera del alcance de los nefastos destructores seres humanos. Era una maravilla.

Pasado el mediodía llegué a la entrada de los geiseres del Tatio, donde los guardaparques tuvieron la amabilidad de abastecerme de agua. Conocí una pareja alemana que estaban viajando también en bicicleta, pero que habían procurado subir hasta allí en taxi, pues no estaban tan locos como yo. Los guardaparques nos indicaron que podíamos dormir en dos casitas que había un poco  más abajo, que era donde ellos paraban cuando les tocaba pasar la noche allí. Para nuestra alegría y sorpresa, dentro de cada casita había una enorme bañera constantemente abastecida de agua termal proveniente de la tierra; no me acordaba de la última vez que había tomado un baño caliente.

Disfrutando del placer de estar limpio, yo y mi ropa, di un pequeño paseo y después me acerqué a conversar con los guardaparques, que estaban a punto de partir a buscar dónde se había obstruido la tubería que traía el agua a los baños. Me invitaron a ir con ellos en la camioneta, y así me enseñaron un geiser que llaman geiser de barro; un lugar que no está habilitado a los turistas por ser algo peligroso. Una vez más la vida volvió a sorprenderme, y es que a milímetros de las pozas de agua y barro hirviendo, una exuberante y verde vegetación cubría cada centímetro de tierra, a pesar de estar continuamente salpicadas por aquel infierno. Me encontraba ante un impresionante evento de la naturaleza que contemplaba con incredulidad, emoción, alegría y agradecimiento; sintiéndome honrado por poder presenciar semejante espectáculo.

Al día siguiente comenzó la verdadera aventura. Hasta ahí había sido prácticamente un paseo, un entrenamiento que poco a poco me iba aclimatando a la altura; pero de ahí en adelante me disponía a recorrer un camino sinuoso en muy mal estado, por el que sólo las vicuñas se atrevían a transitar. Esa mañana desperté bien temprano, antes del amanecer. Con la primera claridad salí a ver los geiseres, cuyo esplendor máximo se manifiesta en ese, el más frío momento del día. Columnas de vapor de casi diez metros se alzaban por todas partes, escapando de hirvientes pozos en la misma tierra; un evento mágico que merece la pena ver al menos una vez en la vida. Cientos de turistas se agolpaban en los márgenes disfrutando y sacando fotos del espectáculo. Un baño en naturales aguas termales era el colofón del precioso tour. Después todos volvían a San Pedro, preguntándose dónde iría aquel loco, que se adentraba por una tortuosa y ascendente senda hacia lo desconocido.

Quedarme solo entre las montañas tras haber pasado la mañana entre tanta muchedumbre fue lo mejor que aquel día me pudo haber regalado. Al fin  me alejaba de las rutas del turismo convencional, por un hermoso aunque complicado camino que serpenteaba aferrándose a las laderas de las montañas. A pesar de arrancar el día a 4300 metros de altura, el camino seguía ascendiendo sin parar. Montañas cada vez más altas aparecían ante mis ojos, queriendo alcanzar los 6000 metros de altura, como gigantes que observaban dudando si aplastarme como a una hormiga o entretenerse mirando hasta donde me llevarían mis energías. Por suerte, fue la segunda la más divertida de las opciones para los incontables volcanes, que hastiados de la monotonía de sus colosales dominios, recibieron con gusto la inesperada visita; y así la naturaleza volvió a darme la opción de admirarla, a condición de que lo hiciera con mis propias fuerzas.

Con esfuerzo, sudor y el más absoluto empecinamiento, tras muchos reniegos e inevitables paradas de aliento, al fin alcancé un paso a 4600 metros de altura. Ante mí aparecía ahora una interminable bajada que me llenaba de gozo, un gozo que no tardó en caer en un pozo al descubrir asustado el arenal en el que se convertía el camino. Surcar sobre la bicicleta un camino en semejante estado era completamente imposible. La polvorosa se convirtió en un plomo ingobernable que escapaba para cualquier lado como un pesado elefante asustado por un ratón. Me preguntaba qué haría en caso de encontrarme más abajo con una subida en semejante estado, si ya bajando resultaba costoso empujar la bicicleta. Pero por el momento bastante tenía con prestar atención al camino presente.

Bajé y seguí bajando, montado sobre la bicicleta cuando no era tanta la arena, hasta que de pronto se terminó el camino. Entonces consulté el gps, para descubrir que me había equivocado en el cruce anterior, unos doscientos o trescientos metros más atrás. Volví y tomé el camino correcto, hasta que de pronto volví a encontrarme con un camino que no aparecía en ningún mapa y me arriesgué a seguirlo, pues por su dirección era evidente que se trataba de un atajo.

Por suerte, mi suposición de que acortaría camino se cumplió, y unos minutos más tarde estaba de nuevo en un camino que sí aparecía en mis mapas. En ese punto comenzaba una leve subida llena de arena, que todavía me cuesta trabajo creer que pude superar. La polvorosa se hundía en la arena aferrándose al suelo como si en lugar de cubiertas tuviese clavos. Cada metro se convirtió en una victoria. Empujaba con toda la fuerza que me era posible, parando cada diez metros o menos a tomar aire y recuperar energía, con la esperanza de que el camino mejorase más adelante. A veces no era tanta la arena, e incluso se podía pedalear. Otras sin embargo se hacía tan pesado que me imaginaba tragado por la arena allí mismo.

De pronto me vi como en tercera persona, como si fuera un pájaro que desde lo alto fuera consciente de mi posición. Me encontraba surcando un enormísimo valle de arena, polvo y piedras incontables veces descuartizadas. Era una especie de planicie inclinada, como un enorme folio de unos cuarenta kilómetros de ancho y a saber cuántos kilómetros de largo. A ambos costados, enormes moles de roca se alzaban buscando el cielo; volcanes y más volcanes de caprichosas formas y colores cubiertos de piel muerta, arena y piedra molida a martillazos de amaneceres y atardeceres, destruidas una y otra vez por violentos y vertiginosos golpes térmicos. Y allí donde la montaña se deshacía de polvo a pura verticalidad se encontraban los rojos, negros, blancos, grises y marrones. Parecía que alguien hubiera pintado esas montañas, adornando también sus bases de flores, matojos verdes y amarillos que añadían aún más color a la irrealidad del paisaje. Allí estaba yo, en mitad de todo aquello, preguntándome si mis fuerzas serían suficientes para salir de aquel arenal, preguntándome si las lluvias que veía caer sobre las montañas tanto al este como al oeste me aplastarían como a un mosquito en un lluvioso aplauso, haciendo caso omiso al miedo, que me susurraba que bajase hacia Toconce. Al menos el viento me era favorable. Y la belleza y el amor que sentía por aquel paisaje me dotó de una energía tan ilimitada que nunca me sentí agotado. La adrenalina se apoderó de mí como un titiritero de su marioneta. ¡Soy un titán! Gritaba incansable.

La gigantesca planicie ligeramente inclinada por la que subía, se dio de pronto el capricho de inclinarse hacia abajo. Terminaban además justo en ese punto los irrefutables dominios de la arena, y pude al fin montar sobre la bicicleta para deslizarme lleno de gozo empujado por el viento. Durante más de una hora apenas tuve que pedalear. Ahora me movía deprisa, pero sin embargo era tan gigantesco el paisaje por el que transitaba que apenas tenía la sensación de estarme moviendo. Los minutos pasaban y las lejanas montañas seguían estando tan lejos como siempre. No podía evitar pararme una y otra vez, para hacer miles de fotografías. A mi izquierda una hermosísima montaña lucía una corona de nubes, que la tapaba parcialmente bajo una cortina de intensa y amenazadora lluvia que parecía estar muy cerca de mí, pero aunque mis ojos me engañasen mi mente sabía que en realidad estaba lloviendo muy lejos.

Entonces el sol empezó a posicionarse peligrosamente cerca del horizonte. Era momento de acampar, o de lo contrario una heladora noche me haría pasar muy malos ratos. No había nada, absolutamente nada en kilómetros que sirviera para guarecerme del viento, así que tuve que ponerme a montar la tienda de campaña sin ningún reparo, desafiando al viento que venía del oeste, y que tuvo el capricho de jugar y reírse de  mí durante una media hora que se me hizo eterna, que me hizo gritar desquiciado y lleno de angustia.

No había forma de montar la tienda de campaña. El viento era tan fuerte que arrancaba las piquetas del suelo y a punto estuvo de hacer volar todo por los aires. Ya no sabía qué hacer, cuando de pronto amainó unos minutos que aproveché para poner todo en su sitio y meter todas mis cosas sin orden ni concierto dentro de la habitación, para asegurarme de que ésta no volase por los aires. No puedo expresar la satisfacción que sentí al conseguir tal proeza, a pocos minutos del atardecer, que observé con delectación, saboreando cada naranja y rojo de un cielo plagado de nubes que me acorralaban al oeste, al norte y al este; y aún no soy capaz de comprender cómo fue posible que en ningún momento lloviese donde yo estaba.

Me reí, recordando la nube perseguidora; una vieja historia de cuando solía ir a pescar con mi padre y mi amigo Iker. Teníamos siempre tan mala suerte, que si había una única nube en el cielo siempre estaba sobre nosotros. Sin embargo en este caso se podría decir que lo que me acompañó siempre fue un claro. Gracias al cielo, nunca mejor dicho.

A la mañana, observé que mi aliento se había congelado sobre la tela de la habitación de la tienda de campaña. Se ve que fue una noche fría, pero dormí como un tronco. Tras un potente desayuno, recogí todas las cosas y salí a pedalear nuevamente. Aún me quedaban varios kilómetros de bajada. Estaba a punto de salir cuando una camioneta pasó por allí, por aquel camino que no iba a ningún lado. El conductor me miró sorprendido pero no se detuvo, era una de esas camionetas que recorren los caminos para ver su estado o comprobar si alguien ha quedado tirado en alguno de tantos kilómetros sin cobertura.

Me adentré otra vez por caminos de arena que no aparecían en el mapa. Acerté de nuevo con los atajos. Y de pronto avanzaba por una carretera de polvo y piedra en bastante buen estado, preguntándome por qué razón había un tendido eléctrico de alta tensión en aquel lugar, y por qué cada diez minutos me pasaba una camioneta. Imaginé que más arriba habría una mina, pero para mi sorpresa, un camionero que se apiadó de mí y me ayudó a subir los dos últimos kilómetros hasta un paso a 4800 metros de altura me informó de que lo que arriba había era una central geotérmica. En semejante altura, rodeado de al menos ocho volcanes, se estaba construyendo la primera central geotérmica de américa. Enormes taladros agujereaban los volcanes buscando los puntos calientes, por los que más adelante se introduciría agua que se convertiría en el vapor que debidamente canalizado hacia unas turbinas generaría energía eléctrica. De pronto, aquel inmenso lugar que yo creía aislado del hombre, aquella inmensa soledad que creía estar cruzando se veía invadida por cientos de trabajadores que tuvieron la bondad de llenar mis ya escasas reservas de agua.

Después bajé y seguí bajando por una carretera horrible de inmensamente hermoso paisaje. Bien abajo se veía desde lo lejos el salar de Ascotán. De nuevo me sorprendieron las montañas, que adornaban de colores los surcos por los que eventualmente bajaría el agua. Arena, piedras, agujeros… Despacio fui bajando, durante tanto rato que se me durmieron las manos y tuve que parar un rato hasta que volvió a llegarles la sangre. Pensaba que llegaría en bajada hasta el pueblo, pero de pronto surcaba nuevamente ingentes cantidades de arena, y esta vez el viento jugaba en contra. Yo veía el pueblo desde la distancia, y había aprendido ya que a pesar de verlo tan cerca estaba lejísimos. Desesperado gritaba al viento y pedía al cielo que terminase la arena. A veces el viento era tan fuerte que me clavaba la arena en los dedos, la única parte del cuerpo que no tenía cubierta del calcinante sol, que por más crema que me echara el primer día al salir de San Pedro de Atacama de igual modo me calcinó la cara.

Empujé y empujé, brindando periódicas miradas al sol que estaba por ocultarse, calculando cuánto tiempo faltaría para la noche, asustado por el brusco descenso de las temperaturas que aquella eventualidad supone en semejantes alturas, preguntándome si me daría tiempo de llegar al pueblo antes de que se congelase hasta el viento. Y por suerte así fue. Me acerqué a una de las pocas casas que conforman aquel pueblo y una buena mujer me dijo que podía quedarme en la iglesia. Allí dormí calentito y a salvo. Había terminado de recorrer la ruta que no aparece en mi mapa, y a partir de ahí el camino hasta Ollagüe era claro y asfaltado casi en su totalidad.

Al verme a salvo la adrenalina dejó de poseer mi cuerpo, y todo el cansancio acumulado en los cuatro días desde que salí de San Pedro de Atacama tomó al fin el protagonismo que se estaba postergando. Así, fue tumbarme y quedar profundamente dormido en la iglesia. Dormí casi once horas seguidas, para despertarme aún cansado pero decidido a llegar a Ollagüe, donde podría comer algo que no fuera arroz con atún y tomate, leche con avena o cacahuetes, que habían compuesto mi dieta los últimos tres días, pues los cuatro paquetes de galletas de chocolate, que supuestamente comería uno por día, los había terminado todos el primero, como combustible para poder subir a los cielos desde San Pedro de Atacama.

Fue como si la lluvia me hubiera estado esperando. Camino a Ollagüe, mientras cruzaba el salar de Carcote, las nubes se fueron acercando desde el sur, el norte y el oeste, como si trataran de darme alcance todas al mismo tiempo. Comencé a escuchar y ver los rayos y los truenos cada vez más cerca. Pero no fue hasta escasos diez minutos después de estar a salvo en un hostal que se puso a llover con todo. Todavía no puedo creer que tuviera tanta suerte. Gracias. Gracias madre naturaleza por respetarme y permitirme contemplar extasiado tu belleza, y vivir esta increíble aventura de superación.

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San Pedro de Atacama

Va terminando esta etapa en San Pedro de Atacama, el lugar donde por más tiempo he parado en los dos últimos años. Necesitaba descansar, reflexionar, escribir, tener mi propio lugar… El destino quiso que fuera aquí.
A pesar de haber pasado aquí casi tres meses, no he sentido la sensación de rutina. Todo es muy cambiante e improvisado en este pueblo donde cada día llegan y se van nuevas personas. Pero mentiría si no dijera que hay una rutina diaria, de coches llevando diferentes turistas a los mismos lugares una y otra vez, personas buscando donde hospedarse, artesanos vendiendo siempre atentos al acoso de los carabineros, el chelacabur lleno todas las noches de sedientos personajes, etc.
Mi estadía comenzó tanteando los diferentes lugares, pedaleando con Marcelo por todos lados. Esos días decidí quedarme. Estaba cansado, quería escribir, el lugar era hermoso, Matías y Fran iban a quedarse… El destino jugaba todas sus cartas en una sola jugada. Con la marcha de Marcelo busqué donde parar, encontré una pequeña habitación ideal para mí, y retomé así el libro que estoy escribiendo. Ahora más que un libro parece un diario. Pero no lo he conseguido terminar. Se me fueron las ganas antes de tiempo. Ya le volverá a llegar su hora.
Me reencontré también con Nestor, un amigo que también viaja en bicicleta, que conocí hace año y medio en Bariloche. Me devolvió un mapa de Chile que había olvidado en su casa. Conversamos mucho, hicimos fuego por los alrededores, intentamos hacer unos tangos que nunca acerté a acompañar. Lo pasamos muy bien, y a través de él conocí a Maximiliano; y a través de Maximiliano a Cristian, Eduardo y muchos más.

 

Comenzamos a hacer expediciones cuando el trabajo lo permitía. Subimos por el río Vilama, encontramos hermosas cascadas, aguas termales; acampamos a 4500 metros de altura, entramos al cráter del volcán Lascar, fuimos miles de veces a Catarpe, caminando con la superluna, pedaleando cada rincón en bicicleta con fugaces personajes típicos de San Pedro.
Cristian y Eduardo también se marcharon. Entonces Maxi comenzó a trabajar en un hostal, y empecé a pasar los días allí. Así conocí un montón de personas. Yessi, Luciano, las hermanas Moya, Priscila, Marina, Luz, …. Celebramos mi cumpleaños, pasamos allí la navidad, vimos las películas del padrino, jugamos ajedrez, dominó, cartas; conversamos mucho, vendimos tours en español y en inglés. La verdad que lo pasamos genial.
El mes de Diciembre siempre tiene un toque melancólico cuando uno está fuera de mi casa, sobretodo en mi familia, pues Diciembre no sólo trae la navidad si no los cumpleaños de mi padre, de mi hermana y el mío también. He pasado por esto momentos no tan buenos. Durante unos días no sabía si volver, quedarme, salir corriendo en bicicleta, volver a Argentina… Las nubes se apoderaron de mi cabeza, porque a todo esto se sumó también el hecho de que en San Pedro mi camino se ha separado del de Matías y Fran, a los que apenas he visto desde que estuvimos en Jujuy. Después de pasar todo este año deseando compartir este viaje con amigos que coinciden en este estilo de vida, después de haberlos encontrado; de pronto sin siquiera plantar la más mínima batalla todo se ha ido a la mierda sin que sepa cómo.
Los apegos no son buenos para un viajero. Los apegos nos atrapan como una tela de araña que nos impide avanzar. Me doy cuenta de que soy especialmente susceptible a eso, que mi juicio se nubla muy fácil con lo que me digan los demás; y que todo eso termina en que muchas veces no sé lo que quiero. Es una de las razones por las que me gusta estar solo, porque es estando solo cuando más auténtico me siento; lo que me devuelve a la paz.
Este viaje me ha enseñado lo que es la paz. Cuando la encontré pensé que una vez encontrada nunca se iría pero no es así. De pronto se va, y muchas veces uno no sabe a dónde se fue. La paz es algo que hay que cuidar. La paz es esa extraña sensación que te hace estar siempre bien, estés triste o feliz; te ayuda a vivir tus sentimientos desde la aceptación, desde una serenidad y tranquilidad que te permite disfrutar incluso los momentos amargos como una enseñanza. Es un susurro que te dice que estás vivo y que con eso basta. Pero a veces no basta, a veces se pierde la paz.
Hoy se fue Maxi. Hoy vuelvo a quedarme tan solo como cuando empecé mi viaje. Después de esta parada tan larga vuelvo a sentir ese cosquilleo de novedad y entusiasmo que tanto echaba de menos. Aún queda tanto por recorrer. Me esperan increíbles aventuras por las montañas, el parque nacional Lauca, el Sajama, el carnaval de Oruro, la carretera de la muerte, la cordillera real, el lago Titicaca, las montañas del Cuzco, las ruinas incas, el amazonas, la cordillera Blanca, los volcanes de Ecuador, sus costas, Manaos…
Espero ser valiente. Ser valiente para hacer lo que yo quiera. Ser valiente para no hacer lo que otros quieran que haga. Ser valiente para saber decir adiós. Ser valiente para aceptar lo que soy. Ser valiente para ser egoísta. Y si se diera el caso, ser valiente para decir aquí me quedo. Quiero ser valiente para tomar decisiones. Quiero ser valiente para ser feliz. Quiero ser valiente para vivir. Vivir nada más.

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